28 feb 2007

Maestro

Por qué hiciste eso; por qué no pensás, por qué no analizás. Usá un poquito esa cabecita. Razoná, anticipá las consecuencias...
No sonaron duras las palabras; no era un reto. Estaban expresadas con el cariño de un maestro a su alumno.
Hacía poco que me habían asignado nuevas funciones en el trabajo ("un ascenso", me dijeron) y yo le contaba mis primeros tropezones.
Él, mi maestro, ya había pasado los 70 años pero todavía dedicaba horas a enseñarme del oficio y de la vida.
Recuerdo que ese día lo escuché, como siempre, y luego le expliqué por qué yo hacía el trabajo que él podía hacer mejor. "Lo lamento, pero tengo que trabajar y en esta sociedad que construimos no hay espacio para todos. Hemos logrado extender la expectativa de vida, ya ves, hasta pasar los 70, los 80 y hasta los 90 años, pero no logramos generar trabajo para mantenernos a tooodoos adentro. Lo siento mucho, pero no te voy a dejar mi lugar".
Las mías tampoco fueron palabras duras, estaban expresadas con el afecto, el reconocimiento que le dispensaba.
Recuerdo mucho esa charla, la última, en un café de Sarmiento y Cerrito, en la esquina de su mítica oficina donde se construyó parte de la historia argentina. Era un departamento de dos ambientes donde había que encontrar un lugar para sentarse desplazando colecciones de diarios, revistas y libros. "Cuando me jubile, voy a dedicarme a escribir un libro de historia para chicos y adolescentes", justificaba el desorden. Su idea era contar la historia a partir de anécdotas. Muchas (desde el primer gobierno de Perón en adelante) lo tenían como protagonista.
Siempre me sentí como ese hijo que no pudo tener y ahora que lo recuerdo me caen lágrimas por ese padre que no fue.