La esquina equivocada
Me acosté con todo el agotamiento físico y emocional de cada día y dediqué el último esfuerzo a convencer a esa parte del cuerpo que conciente no domino para que me regale un sueño: Dos temas le propuse: uno, más libre, solo condicionado a que sea reconfortable para el espíritu; el otro -que siempre me emociona- encontrarme por un ratito con esos amigos que ya no están.
Ese es un ejercicio que suelo hacer cuando las fuerzas flaquean, buscar energía en los sueños.
Y esa noche parecía que iba a tener suerte: la primera escena me reflejó en la moto con ella y... increíblemente 4 o 5 personas más. Logré borrarlas a casi todas, pero uno se quedó ahí molestando, en fin. La segunda transcurrió en una calle/ruta; aunque tengo varias imágenes de qué podía ser, por las característica parecía ese atajo atrás de Retiro que une la plaza con la costanera: había vías de tren algo levantadas y un puente que se cruzaba en zigzag.
Fue en ese momento que todo se descalabró. En lugar de cruzar y retomar seguí por una calle que se perdía en esa fábrica del horror (por lo mala) de Hostel, que solo pudo trascender usando y abusando de la marca Tarantino. Ahí nos esperaban Anthony Hopkins como el cirujano John Kellog; una secretaria que parecía a la esposa de Albieri, el científico loco del Clon; un médico con formato de alguna serie de Sony, WB o Fox, y, por supuesto, la banda de chicos asesinos de Hostel que fielmente respondieron a mi soborno con barras de cocholate.
Una vez que esa parte indomable parecía responder a un pedido, terminó nuevamente atrapándome en una pesadilla.
Ella se convirtió en ella y me acusaba por derecha y por izquierda de lo que hice y de lo que dejé de hacer de lo que pensé y de lo que actué, el otro miraba con cara de yo no fui, el cirujano buscaba sangre y los chicos se la dieron mientras la secretaria lloraba de espaldas. Por suerte ese médico serial me explicó dónde había doblado mal y el ruido de un avión volando bajo me despertó.