Otro día
Me senté en el banco, de frente al río. La moto quedó unos pasos atrás. No era el lugar habitual; siempre elegía estacionarla entre el río y yo, a un costado del cuadro. Me permitía observarla y disfrutarla y a la vez no me distraía del propósito que me llevaba cada tanto a ese apartado lugar. Pensar en soledad. Por qué el río, porque no me gusta el mar; por qué el banco, por que no tolero la arena; por qué solo...
Tenía habilidad para encontrar una explicación justa a preguntas a veces tontas, a veces insidiosas, a veces desafiantes a la que nos exponemos cada día. Y hasta conocía las respuestas cada vez que jugaba al autonálisis. Pero esa, cada vez que surgía esa, me ganaba el silencio.
El río estaba calmo, el parque en silencio, la moto cerca; pero había algo más en el ambiente, algo que buscaba, quizás en forma inconsciente quizás como un autoengaño: solo algunos metros me mantenían al margen de la autopista. Esa que implicaba ruido, gente, movimiento y, lo sabía, la certeza de que no estaba solo.
Permanecí algunos minutos más sentado en el banco y, ya más tranquilo, dejé jugar a mi mente en esos laberintos que se bifurcan.
Luego partí. Tampoco ese día nadie me habían ido a rescatar.