El placer de los mortales
-"dale, si te encanta ser el centro de la atención!". Cuando CP contó la anécdota, sabía que el sayo le caía a medida y que tampoco era una recriminación sino simplemente una descripción de su vedetismo, ese que a cada tanto le surgía y lo hacía varearse por la oficina empilchado como para una tarde de San Isidro. Había que aceptarle que era un avance después de dos décadas de terapia, todavía le costaba relacionarse pero por lo menos ya podía llamar la atención.
-CP (podía alentarlo, comprenderlo, justificarlo, pero ¡qué placer provoca poder cada tanto 'vengar' tanto discurso freudiano!) entendé -le dije-; del ridículo no se vuelve. Y me quedé satisfecho.