Murió el periodista Mario Monteverde
(Elegí este material porque transmite mejor que mis palabras quién era este maestro y amigo)
Mario Monteverde, un periodista incorruptible
En los primeros años de la Revolución cubana, este periodista argentino que acaba de fallecer se desempeñó en la agencia de noticias Prensa Latina, cuando no eran muchos los colegas solidarios con la isla
Por Marcos Taire (Argenpress)
Olvidado y abandonado, acaba de morir Mario Monteverde. Su nombre está estrechamente vinculado a la historia de Radio Rivadavia, donde durante dos décadas fue el alma y la conciencia del Rotativo del Aire, el mejor servicio informativo de la radiodifusión argentina por varias décadas. En esa misma emisora condujo el premiado y elogiado ciclo "De cara al país" y lo que era su mayor orgullo: el "Suplemento de medianoche".
En los primeros años de la Revolución cubana, Mario fue periodista de la agencia de noticias Prensa Latina, cuando no eran muchos los colegas solidarios con la isla. Poco después, instaurada ya la dictadura de Juan Carlos Onganía, creó y dirigió "Inédito", un periódico imprescindible para comprender esos años y que sirvió para el lanzamiento de un casi desconocido político de Chascomús, llamado Raúl Alfonsín, quien firmaba sus notas con el pseudónimo Alfonso Carrido Lura.
Junto al periodista Pablo Kandel, escribió, apenas derrocada María Estela Martínez de Perón, un libro tan agotado como buscado por los estudiosos de ese período: "Entorno y caída"
Desplazado de Radio Rivadavia por una camarilla pro dictatorial en 1976, debió exiliarse en Estados Unidos, protegido por amigos que lo querían. A su regreso al país se mimetizó con las multitudes y salió, día tras día, a conseguir el sustento realizando tareas mínimas y a veces insalubres. De entonces es la publicación de un libro sobre los platos voladores, junto a los periodistas Fernández Diéguez, Rositto y quien esto escribe, para ganar honestamente unos pocos pesos: fuimos el hazmerreír de muchos colegas muy preocupados en analizar la sucesión de Videla, el carisma popular de Viola y la majestuosidad de Galtieri. En 1979, colaboramos juntos en las tareas que realizó en el país la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, mientras desde la misma emisora que tanto había querido, se manipulaba a la población para lanzarla como jauría contra quienes denunciaban ante ese organismo las atrocidades de la dictadura de Videla, al amparo del slogan "Los argentinos somos derechos y humanos".
La guerra de las Malvinas lo tuvo como un opositor implacable, mientras nuevamente la emisora de la calle Arenales jugaba un papel lamentable en el apoyo a la aventura militar, llegando incluso a convocar a una multitud en la Plaza de Mayo, para vivar la "recuperación" del archipiélago.
Derrotada la dictadura e instaurada nuevamente la democracia, el presidente Alfonsín lo designó, casi contra su voluntad, al frente de la agencia de noticias estatal Télam. Probablemente no haya habido otra etapa tan democrática y pluralista en la historia de esa agencia, tantas veces usada como simple vocero del gobierno de turno. Y, por si fuera poco, la entregó con un enorme superávit a quienes le sucedieron. A partir de entonces peregrinó en busca de trabajo, olvidado y abandonado por muchos que le debían en gran parte sus carreras políticas y que, insertados en el sistema de amistades y prebendas del aparato estatal, le dieron la espalda. Incluso lo sometieron a la humillación de gestionar periódicamente la renovación de un contrato en un bloque legislativo, donde concurría todos los días, elaboraba un informe de prensa y lo dejaba, con copia, para probar que trabajaba y que no era un "ñoqui".
En 1986 realizó la tarea que consideraba más importante en su vida. Compaginó y editó, junto al dramaturgo Carlos Somigliana, el juicio a las juntas militares. Fue un trabajo impecable, fruto del talento y la honestidad de dos grandes profesionales. Una vez terminado el trabajo, entregó la media docena de videos al presidente de la nación, quien decidió que no se difundieran, lo que provocó en Mario un enorme dolor y una mayor desilusión. Somigliana murió poco tiempo después, afectado por el enorme esfuerzo y el dolor soportados. Los videos fueron robados y desguazados por una pandilla que los negoció, en la Argentina y en el exterior. Todas las versiones que se conocen hoy se llevaron a cabo en base a ese trabajo de Monteverde y Somigliana.
Nunca le perdonaron su frontalidad, su honestidad, su compromiso con la verdad y la justicia. Dentro del mismo gobierno del que formaba parte cosechó sus peores enemigos. Crítico implacable del aventurerismo y el oportunismo de algunos nuevos democráticos encaramados en los comienzos del alfonsinismo en una emisora radial que finalmente destruyeron, fue víctima allí mismo de las críticas de un mercenario que lo acusaba al aire de ser un judío converso que se había cambiado el nombre. Hoy mismo algunos creen que así era. Con su humor inteligente, respondía, "no soy Grinberg, como dice Enrique Vázquez, pero seguramente soy judío porque soy Monteverde".
Sus enemigos lo acusaban de loco y proclamaban que debía ser internado en un manicomio. Y... sí, era un loco; uno de esos "malditos" siempre muy bien informados y con excelente memoria, que decía lo que pensaba y solía incomodar a aquellos que ya habían negociado la conciencia. Terminó sus días en un depósito para viejos, esa herramienta feroz que el sistema inventó para deshacerse de los ancianos y que llama geriátricos.
Mario Monteverde era, sin duda, de los imprescindibles, como quería Brecht.
En los primeros años de la Revolución cubana, Mario fue periodista de la agencia de noticias Prensa Latina, cuando no eran muchos los colegas solidarios con la isla. Poco después, instaurada ya la dictadura de Juan Carlos Onganía, creó y dirigió "Inédito", un periódico imprescindible para comprender esos años y que sirvió para el lanzamiento de un casi desconocido político de Chascomús, llamado Raúl Alfonsín, quien firmaba sus notas con el pseudónimo Alfonso Carrido Lura.
Junto al periodista Pablo Kandel, escribió, apenas derrocada María Estela Martínez de Perón, un libro tan agotado como buscado por los estudiosos de ese período: "Entorno y caída"
Desplazado de Radio Rivadavia por una camarilla pro dictatorial en 1976, debió exiliarse en Estados Unidos, protegido por amigos que lo querían. A su regreso al país se mimetizó con las multitudes y salió, día tras día, a conseguir el sustento realizando tareas mínimas y a veces insalubres. De entonces es la publicación de un libro sobre los platos voladores, junto a los periodistas Fernández Diéguez, Rositto y quien esto escribe, para ganar honestamente unos pocos pesos: fuimos el hazmerreír de muchos colegas muy preocupados en analizar la sucesión de Videla, el carisma popular de Viola y la majestuosidad de Galtieri. En 1979, colaboramos juntos en las tareas que realizó en el país la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, mientras desde la misma emisora que tanto había querido, se manipulaba a la población para lanzarla como jauría contra quienes denunciaban ante ese organismo las atrocidades de la dictadura de Videla, al amparo del slogan "Los argentinos somos derechos y humanos".
La guerra de las Malvinas lo tuvo como un opositor implacable, mientras nuevamente la emisora de la calle Arenales jugaba un papel lamentable en el apoyo a la aventura militar, llegando incluso a convocar a una multitud en la Plaza de Mayo, para vivar la "recuperación" del archipiélago.
Derrotada la dictadura e instaurada nuevamente la democracia, el presidente Alfonsín lo designó, casi contra su voluntad, al frente de la agencia de noticias estatal Télam. Probablemente no haya habido otra etapa tan democrática y pluralista en la historia de esa agencia, tantas veces usada como simple vocero del gobierno de turno. Y, por si fuera poco, la entregó con un enorme superávit a quienes le sucedieron. A partir de entonces peregrinó en busca de trabajo, olvidado y abandonado por muchos que le debían en gran parte sus carreras políticas y que, insertados en el sistema de amistades y prebendas del aparato estatal, le dieron la espalda. Incluso lo sometieron a la humillación de gestionar periódicamente la renovación de un contrato en un bloque legislativo, donde concurría todos los días, elaboraba un informe de prensa y lo dejaba, con copia, para probar que trabajaba y que no era un "ñoqui".
En 1986 realizó la tarea que consideraba más importante en su vida. Compaginó y editó, junto al dramaturgo Carlos Somigliana, el juicio a las juntas militares. Fue un trabajo impecable, fruto del talento y la honestidad de dos grandes profesionales. Una vez terminado el trabajo, entregó la media docena de videos al presidente de la nación, quien decidió que no se difundieran, lo que provocó en Mario un enorme dolor y una mayor desilusión. Somigliana murió poco tiempo después, afectado por el enorme esfuerzo y el dolor soportados. Los videos fueron robados y desguazados por una pandilla que los negoció, en la Argentina y en el exterior. Todas las versiones que se conocen hoy se llevaron a cabo en base a ese trabajo de Monteverde y Somigliana.
Nunca le perdonaron su frontalidad, su honestidad, su compromiso con la verdad y la justicia. Dentro del mismo gobierno del que formaba parte cosechó sus peores enemigos. Crítico implacable del aventurerismo y el oportunismo de algunos nuevos democráticos encaramados en los comienzos del alfonsinismo en una emisora radial que finalmente destruyeron, fue víctima allí mismo de las críticas de un mercenario que lo acusaba al aire de ser un judío converso que se había cambiado el nombre. Hoy mismo algunos creen que así era. Con su humor inteligente, respondía, "no soy Grinberg, como dice Enrique Vázquez, pero seguramente soy judío porque soy Monteverde".
Sus enemigos lo acusaban de loco y proclamaban que debía ser internado en un manicomio. Y... sí, era un loco; uno de esos "malditos" siempre muy bien informados y con excelente memoria, que decía lo que pensaba y solía incomodar a aquellos que ya habían negociado la conciencia. Terminó sus días en un depósito para viejos, esa herramienta feroz que el sistema inventó para deshacerse de los ancianos y que llama geriátricos.
Mario Monteverde era, sin duda, de los imprescindibles, como quería Brecht.