10 ago 2007

Tango

Cuando esta tarde soleada salí sin un rumbo a pasear en moto no imaginé terminar cruzando a "el pasado de mi vida". Es que siempre evito recorrer viejas calles, y no es tanto por temor a sentir que uno vuelve con la frente marchita sino por miedo a mirar mi alma herida.
Por eso me sorprendí cuando en esa esquina doblé y frente a mí quedó la casa de la infancia, de la adolescencia. Paré unos metros antes, sobre la vereda de enfrente. Busqué y encendí un cigarrillo, ahí, justo ahí, donde hace -cuánto hace!, pensé- prendí el primero. Muchas cosas cambiaron pero yo no las reconocía, seguí viendo la vieja casa del ingeniero loco que desde un taller de garage inventaba máquinas para esos señores de trajes y autos grandes -la leyenda decía que llegó refugiado de la guerra con algunos libros y pocas herramientas- la del negro y su historia de galán de cine y amores frustrados que se llevó a la tumba, la del gordo y la mano sin cuerpo que saludaba desde una casilla abandonada.
La casa de Salvador me costó reconocerla; el jardín que tanto trabajo costaba mantener con una vieja máquina manual es ahora un gran garage de cocheras para alquilar pero el almacén de capicúa por su costumbre de cerrar cada frases con la misma palabra que la iniciaba sigue ahí, ahora atendido vaya a saber por quién.
Con las últimas pitadas recordé las tres cosas que lleva el alma herida y retomé la marcha.