Decidir.
Uno... Dos... Tres... Cuatro... Una sucesión de escenas de su vida se presentaron ante sus ojos más rápido que los segundos que marcaban el reloj de su pulsera. Once... Doce... Trece... La primera imagen que logró congelar fue verse montando un caballo, con cabeza de plástico y cuerpo de palo de escoba, y galopar por las desparejas veredas del barrio de la infancia. Veinticinco... Veintiseis... Veintisiete... Veintiocho... Después vino el recuerdo de su abuela, una tana que no hablaba italiano porque se consideraba argentina y así se lo hacía saber casi enojada a cualquiera que se atreviera a halagar sus pastas caseras haciendo mención a su origen peninsular. Treinta y tres... Treinta y cuatro... Se vio en su último día de escuela, en el escenario, desafinando en un coro la canción de despedida, sujetando fuerte de la mano a su novia adolescente, como presintiendo que ese día terminaba mucho más que la secundaria. Cincuenta y ocho... Cincuenta y nueve... Sesenta... El tic tac de cada segundo le hizo pensar que sólo era un reloj que medía el tiempo, como él medía con el calibre cada pieza que surgía de su torno para controlar la exactitud. Sesenta y dos... Sesenta y tres... Recordó a los padres, los amigos -los que estaban y los que se fueron-, los tíos y primos cercanos y lejanos... Ochenta y cinco... Ochenta y seis... En la primera imagen que afloró su mujer eran todavía novios recorriendo de mochileros el sur del país. Noventa y dos... Noventa y tres... Noventa y cuatro... Noventa y cinco... Los hijos se le presentaron uno a uno, con sus primeros dientes, sus primeras palabras, sus primeros pasos. Habían pasado un minuto y cuarenta y cuatro segundos cuando vio a su cuerpo tendido en el asfalto, a un grupo de gente observarlo, a la ambulancia con las balizas destellantes y a los paramédicos en movimientos frenéticos. La primera impresión de vacío se llenó con una profunda sensación de alegría, de regocijo, de calma, de gozo. Fue en el momento en que se le revelaban los misterios de la existencia cuando sintió la fuerte presión en el pecho y el oxígeno que llenaba sus pulmones. Abrió los ojos y pensó si valía la pena seguir vivo.