Años
En el cajón de la mesita de luz está mi reloj. Lo dejé ahí un día, hace ya algunos años, que quise detener el tiempo. Es un lindo reloj, de esos que la publicidad anuncian para toda la vida; gris plomo, con algunos detalles que lo hacen elegante y sobrio. Nunca más lo usé. No logro asociarlo a los buenos momentos.
Me acuerdo de el ahora, que estoy frente al espejo. Hace mucho que no me observaba. La onda metrosexual decididamente no es la mía; sólo un perfume regalo de cumpleaños, un desodorante obligatorio y una maquinita de afeitar que uso poco. ¿Será verdad que las cremas de afeitar tienen fecha de vencimiento? ¿Las seguirán envasando en latas que se oxidan?
Tengo que definir qué hago con el peine; o incorporo uno o acelero la visita semestral a la peluquería. Decido que es un buen momento para ponerse al día con las comidillas en Independiente : qué pasó con la venta del Kun, a quiénes compramos, cuántas canchas vamos a construir.
El espejo refleja canas, algunas arrugas y ojeras del mal dormir. Miro. No hay nadie más, ese debo ser yo. El reloj ya no da la hora pero el tiempo, como dice Milanés, pasa.