Humo sobre el agua
Ayer decidí dejar de fumar. Todavía no lo sabe nadie, no se lo conté a nadie. En una esquina del barrio colgaron un nuevo pasacalle. Es llamativo, está bien diseñado y con buenos colores anuncia un eficaz tratamiento para dejar de fumar y un número de teléfono.
No dejé pasar la oportunidad. Marqué el número en el celular y esperé dos timbres hasta que atendieron. Con un libreto muy bien estudiado, una joven voz comenzó a describirme esa terapia mágica para abandonar a un compañero de casi toda la vida.
Es increíble cómo reacciona el cerebro a algunos estímulos. Mientras respondía con algunos monosílabos a las preguntas que me guiaban por un cuestionario que debía definir qué tan adicto me consideran, imágenes, fotografías de la vida se me presentaron una tras otra.
¿Cómo olvidarse del primer cigarrillo de los 15 años, el dolor de cabeza y los mareos?
¿Cómo olvidarse de la casa de VM? Ese mágico escondrijo donde las reglas no existían y los adultos ¿adultos? pasaban a ser cómplices de nuestro descubrir.
En la barra de la esquina -no teníamos nombre, no éramos una pandilla, sólo la barra de la esquina- descubrimos el cigarrillo de la mano de OC, "el viejo". Siempre recuerdo la anécdota de CP: "Gracias, recién tiré" respondía a cada invitación. Tardamos algunas semanas en registrar que nadie lo había visto con un cigarrillo en la mano. Pero su treta le daba resultados y evitaba la "presión social". Aún hoy responde con aquellas palabras, aunque ahora los marginados somos nosotros, los fumadores.
Rubios, negros, armados con los dedos (o con la maquinita), pero nunca light. No, lo light es para los tibios. ¿Cómo a alguien puede ocurrírsele comer, por ejemplo, dulce de leche light? O se está con Dios o con el diablo. Pero a los tibios..., ya se sabe.
La voz pegajosa del teléfono seguía inquiriendo información
- Sí, a los 15 años.
- No más de un atado por día.
- No, no tengo problemas de salud.
Las respuestas surgían metódicamente mientras las imágenes seguían sucediéndose. El quiosco -kiosko- que proveía a 10 centavos la unidad; nunca nos llevamos bien con esos "viejos" pero eran la garantía de mantener el secreto de nuestro vicio. El cigarrillo apurado antes de entrar a la primera entrevista de trabajo. El nervioso a la espera de esas mágicas palabras: "fue nena", el que se disfruta en las tardes del campo con unos amargos fascinados con las historias del puestero.
- ¿Le parece bien el martes a las 10?
Repaso mentalmente la agenda y sé que esa mañana está libre. Siempre los martes a la mañana están libres.
- ¿El martes? ¿Y qué otro turno disponible tiene?
Ayer tomé la decisión de dejar de fumar. Todavía no lo sabe nadie. No lo conté. No me gusta mentir.