30 ago 2006

Erizado

Habían pasado las 9. Lo sabía por los reflejos del sol que iluminaban el ambiente. Había tomado los primeros mates de la mañana y agregó unos leños húmedos a la chimenea. Le recordó aquellos lejanos años de la facultad: "¿cuánto puede valer un leño en este momento? es un bien escaso y mi demanda se acercaba a lo infinito", razonó.
Era unos de esos días donde los recuerdos le ganan al presente. Había pasado algunas décadas ("más de tres", se dijo) desde que llegó a ese lugar aislado del mundo para crear su universo perfecto y olvidar los años de violencia y terror. Llegó con su compañera de la militancia -ella también huía de su pasado- y habían tentado a varios compañeros a seguirlos. "Vayan ustedes y nos llaman", les respondieron. Algunos, dos, llegaron en esos primeros meses pero solo para tomar un descanso.
Después también marchó ella y vinieron otras (cinco y las recordó por sus nombres), pero no compartían su pasado. La última, Clara, todavía lo visitaba con sus dos hijos, pero prefería la comodidad del pueblo.
-"Quién se va a preocupar por mi presencia" se dijo aquel día que llegó y fue su primer error. Para nadie pasó desapercibido el "pibe" que llegó escapado de Baires. Y menos lo fue para aquellos de quienes huía: Lo observaron, cada día de cada año durante varios años. Pero lo dejaron hacer. Crear su sociedad perfecta unipersonal.
Aquel día se le consumió en los recuerdos, el de las compañeras, de los compañeros, de los amigos olvidados, de la familia perdida. Una semana aislado por la nieve era una dura prueba hasta para él. Pero ahora, tres décadas después, sabía que el aislamiento no era eterno; sabía, presentía, que mañana llegaría ese camión, el del Ejército, abriendo caminos y trayendo víveres. Siempre pasaba. Y él lo esperaba con el mismo nudo en la garganta, con la misma opresión en el pecho y la piel erizada que le provocaba hace más de tres décadas.