Espejo
No era yo. O si, el espejo reflejaba mi barba canosa, el pelo desalineado, la tez curtida. Pero sentía que ese no era yo. Manejaba, era una ruta. Me gusta mucho manejar y me gusta mucho la velocidad (¿habré sido piloto en mi anterior paso por la tierra? ¿o lo seré en el próximo? igual, de qué sirve la reencarnación si voy a perder el registro de ésta, la vida que ahora respiro). Miré de reojo el velocímetro, orillaba los 200 km/h. Tanteé el acelerador, era un buen auto, respondió; en pocos segundos subió a 215. Sabía que podía dar más pero me exigía más concentración. Y yo ¿o no era yo? estaba relajado, casi en armonía. El auto avanzaba sereno y yo lo disfrutaba. Disfrutaba manejar, disfrutaba el campo que corría a mis lados; los pequeños montos; algún molino que hacía su trabajo. Los carteles de verde pálido y letras blancas anunciaban el próximo pueblo. Calculé que llegaba antes del atardecer. Quería llegar. Estaba cerca. Me sentía sereno.
Volví a soñar con ese auto, esa ruta, esos campos, ese pueblo. Pero ahora era una noche tormentosa. Manejaba con más precaución. El pueblo seguía ahí, cerca. Seguí avanzando, pero cada vez más despacio. Miré el tablero; estaba todo en orden, el aceite, la temperatura. Me acercaba. Volví sobre el tablero; ahora las revoluciones del motor revelaban que había desacelerado. Vi las primeras luces del pueblo. Esas luces que prometían descanso al cuerpo y alma.
Nunca llegué.